
Se conmemoró el Día Provincial de la Identidad Neuquina
Redacción NAHay lugares que uno recorre y olvida. Y hay otros que se quedan para siempre, como una piedra en el bolsillo, como un olor, como una canción. Neuquén pertenece a esa segunda categoría. Porque esta provincia no solo se mira: se escucha en el viento, se toca en la corteza áspera de un pehuén, se respira en el humo de un fogón y se lleva encima, incluso cuando se está lejos.
La identidad neuquina no nació en una oficina ni en una frontera dibujada sobre un mapa. Nació mucho antes. Nació en el trote lento de los arreos que todavía cruzan el norte, en las manos agrietadas de los crianceros, en los senderos de montaña abiertos a fuerza de andar, en las rukas mapuches, en los ríos que bajan con furia desde la cordillera y en las primeras nevadas que vuelven a cubrir de blanco los cerros del sur.
Cada 19 de abril se celebra el Día Provincial de la Identidad Neuquina en homenaje a Marcelo Berbel, el hombre que mejor supo ponerle palabras a esta tierra. En sus versos están el rumor de las vertientes, la bruma de la mañana, los volcanes encendidos, los aludes, el idioma del viento y ese modo tan neuquino de mirar el paisaje como si fuera parte de la familia.

Neuquén tiene siete regiones y, sin embargo, una sola alma. Está en los pehuenes de Villa Pehuenia, donde los piñones caen sobre la tierra como pequeñas brasas marrones. Está en el perfil inmenso del Volcán Lanín, que aparece entre las nubes como una presencia antigua. Está en la inmensidad azul del río Limay, en la fuerza del río Neuquén, en el encuentro de ambos en la Confluencia, donde el agua parece recordar que las cosas importantes casi siempre suceden cuando algo se mezcla con otra cosa.
También está en las comunidades mapuches que sostienen una lengua, una memoria y una forma distinta de habitar el territorio. Está en una mujer que teje en telar mientras afuera sopla el viento. Está en la nieve sobre los techos de chapa, en el perfume del chivito al asador, en las termas del norte, en los lagos quietos del sur, en las bardas rojizas, en las fiestas populares, en el silencio de la estepa y en las luces de la ciudad reflejadas sobre el río.
Porque Neuquén cambia de forma cada pocos kilómetros. Puede ser bosque, desierto, montaña, valle, meseta o ciudad. Puede ser petróleo, nieve, fruta, turismo o trashumancia. Pero siempre conserva algo que la vuelve reconocible: una mezcla extraña de belleza, dureza y ternura. Una forma de resistir. Una manera de seguir floreciendo incluso cuando llega el otoño.
Y quizás por eso la neuquinidad no sea solamente una identidad. Sea, más bien, una forma de mirar el mundo.


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