Tramas que cuidan 27: La intimidad también necesita cuidado

Reflexiones del IFD 3 para una comunidad que elige acompañar.
Actualidad23/10/2026Redacción NARedacción NA

Hay preguntas que aparecen en la crianza y que no siempre tienen respuestas sencillas: ¿tenemos derecho a revisar el celular de nuestros hijos? ¿Podemos leer sus conversaciones para asegurarnos de que están bien? ¿Está bien publicar sus fotos en las redes sociales sin preguntarles? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad de cuidar y dónde empieza el derecho a la intimidad?

Cuando son pequeños, necesitamos anticipar riesgos y tomar decisiones por ellos. A medida que crecen, comienzan a construir un mundo propio, con pensamientos, vínculos y experiencias que no necesariamente quieren compartir con los adultos. Sin embargo, el temor a lo que desconocemos puede llevarnos a confundir protección con control. Revisar un celular a escondidas o leer conversaciones privadas puede ofrecernos tranquilidad momentánea, pero también transmitir que no confiamos en ellas y ellos. La investigadora Roxana Morduchowicz, especializada en cultura juvenil y ciudadanía digital, destaca la importancia de acompañar las prácticas digitales de niños, niñas y adolescentes, generando espacios donde puedan hablar de sus experiencias, reconocer riesgos y pedir ayuda.

Esto no significa que debamos ignorar las señales de alarma. Un aislamiento repentino y sostenido, cambios importantes en el sueño o el estado de ánimo, miedo persistente, pérdida de interés por actividades que antes disfrutaban o un malestar que no logran poner en palabras pueden indicarnos que algo les está pasando. Ninguna de estas señales, por sí sola, permite sacar conclusiones, pero todas merecen nuestra atención. En lugar de iniciar una investigación a sus espaldas, podemos acercarnos, preguntar sin presionar y escuchar sin minimizar lo que sienten. Si el malestar persiste o advertimos un riesgo concreto, corresponde buscar orientación profesional e intervenir para protegerlos. La señal de alarma no debería activar automáticamente la vigilancia, sino nuestra disponibilidad para escuchar y nuestra responsabilidad para actuar.

También existe una invasión de la intimidad de nuestros hijos que no implica revisar ningún dispositivo. Publicamos fotografías, contamos anécdotas familiares o compartimos escenas que nos llenan de orgullo, sin preguntarnos si ellos quieren que esos momentos sean públicos. Paula Sibilia, en La intimidad como espectáculo, analiza cómo la cultura contemporánea transforma aspectos de la vida privada en contenidos destinados a la mirada pública. Sus aportes nos invitan a revisar nuestras propias prácticas: pedir permiso antes de publicar sus fotos o contar algo personal es una manera concreta de reconocerlos como sujetos de derecho.

Respetar la intimidad no significa convertirnos en adultos indiferentes ni dejar de intervenir cuando sea necesario. Significa comprender que acompañar no es saberlo todo. Hay pensamientos que necesitan silencio, conversaciones que pertenecen a la amistad y experiencias que requieren tiempo antes de poder ser contadas. La intimidad es también el espacio en el que cada persona puede ensayar quién es, equivocarse y elaborar lo que le sucede. Reconocer ese espacio es aceptar que nuestros hijos no nos pertenecen: están creciendo y necesitan construir una historia propia.

¿Cómo construimos una confianza que permita cuidar sin invadir? Escuchando sin apresurarnos a juzgar, preguntando sin convertir cada conversación en un interrogatorio y ofreciendo disponibilidad sin exigir confesiones. La confianza se construye cuando pueden contarnos algo difícil sin temer una reacción desmedida, cuando saben que tomaremos en serio sus preocupaciones y cuando comprueban que respetamos sus límites. Para que recurran a nosotros cuando algo los asuste, necesitan sentir que nuestra presencia es un lugar seguro y no una amenaza permanente de vigilancia.

Tal vez una de las tareas más complejas de la crianza sea aprender a convivir con aquello que no sabemos. No podremos anticipar todas las decisiones de nuestros hijos ni evitarles cada riesgo, pero podemos ofrecerles herramientas para reconocerlos, enfrentarlos y pedir ayuda. Nuestro desafío no consiste en eliminar todos los riesgos mediante el control, sino en acompañarlos para que desarrollen criterios propios y sepan que pueden contar con nosotros. Cuidar también es confiar, estar presentes sin apropiarnos de sus vidas y reconocer que la intimidad no necesita ser expuesta ni vigilada para ser valiosa.


Esta reflexión se inscribe en la serie “Lo que las adolescencias necesitan de las personas adultas” - @ifd3_sma - Instituto de Formación Docente de SMAndes

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