
El poder secreto de las historias: por qué seguimos leyendo
Erica MarconiValdiviana
La señora que me contó esta historia era una amable mujer chilena. Cuando la conocí tenía evidentes problemas de salud y vivía en una modesta casa de Villa Paur que no ayudaba en nada a sus dolencias. Yo hacía trabajos de electricidad a domicilio y llegué a su puerta una tarde helada y lluviosa de otoño del 2001. El estado de abandono del lugar era importante y los cables que recorrían las paredes de la casa acompañaban ese deterioro. Estuve cinco tardes completas. A partir de la segunda, y ante su insistencia, empecé a parar unos minutos a tomar “la once” con la señora. Esa merienda era su forma de premiarme un trabajo que ella no podía pagar y yo no podía dejar de hacerle.
La última tarde terminé temprano y recorrimos juntos los lugares donde me había señalado inconvenientes. Lámparas y tomacorrientes volvieron a la vida, algunos después de varios años. Me acercó unos pesos sin que yo se los pidiera. Esa mañana mi conciencia sumaba y restaba tratando de llevar un mango a casa y a la vez no quitarle a la vieja un peso de más. Como si hubiera leído mis cavilaciones me dejó exactamente lo que iba a pedirle. Mientras guardaba mis cosas acercó la tetera humeando. Luego de servir las tazas miró hacia la cómoda donde destacaba una foto en blanco y negro con marco metálico. Una pareja joven llevaba de las manos a una niña pequeña, los tres descalzos sobre la arena. Detrás, en diagonal, líneas paralelas de espuma alcanzaban la playa.
Nací en Valdivia en 1935. En el 53 me casé con Carlos y en el 55 nació Palmira. Veníamos mucho a San Martín de los Andes, a veces por tierra y otras por los lagos. Carlos estaba con el tema de la madera. ¡Si vieras fotos de la costanera en aquellos años! Era un enjambre de chalupas, camiones canadienses y chilenos aventureros. Los rollizos que llegaban por el lago aguardaban en pilas extendidas desde el arroyo hasta lo que hoy es la subida de Siete Lagos. En el 58 compramos esta parcela y construimos la casa en tres meses con ayuda de varios compatriotas. Nos radicamos en el 59. Carlos viajaba con frecuencia quincenal a Valdivia para coordinar trabajos y trasladar dinero. No recuerdo haber sido más feliz en toda mi vida.
El domingo 22 de mayo de 1960, a la siesta, sentí que la cama se movía. No era la primera vez pero sí la más intensa. Enseguida entró Palmira que jugaba en el jardín trasero gritando que la casa y el pasto “flotaban”. Cuando todo pasó salimos a la calle y recuerdo el cielo lleno de aves. Iban y venían en bandadas apretadas y desorientadas que se cruzaban y formaban círculos. Puse la radio AM y la pava en el fuego. Una hora después interrumpieron la música para informar que Valdivia había desaparecido del mapa a causa de un terremoto.
Carlos estaba en Valdivia y pensaba regresar el lunes por la mañana. Aquí no había teléfonos aún, así que fuimos hasta la ruta y a los pocos minutos un jeep del ejército nos acercó hasta el pueblo. El muchachito que manejaba me dijo que el cuartel de Junín había logrado enlazar por radio con un puesto militar de Villarrica y les comentaron que en la costa araucana se habían movido la tierra y el agua dejando inusitada destrucción.
No encontré a nadie en la oficina de correos y telégrafos así que me senté en un banco de la plaza con Palmira a mirar aturdida las hojas amarillas. En eso veo que varios vecinos y vecinas se dirigen a paso apretado o en sus bicicletas en dirección a la costanera. Abelardo Castro, un carpintero, se acercó y me dijo asustado que no estaba el lago, que se había vaciado. Nos sumamos al grupo cada vez más compacto y sin llegar a ver entre las filas de los que habían arribado primero supe, por su silencio, que lo que contemplaban azorados era impactante.
Las chalupas y los botes estaban apoyados en el suelo. El muelle quedó como un fantasma con sus palos largos clavados entre las piedras del fondo. Nunca imaginé que el fondo es en realidad un declive rocoso…como la ladera de una montaña. Los primeros en llegar se aventuraron cuesta abajo y por aquí y por allá se escuchaban los gritos de los que encontraban alguna perca moribunda, anteojos, cubiertos. Pronto los niños y los más jóvenes avanzaban a tropezones y risas por lugares donde un rato antes hubieran tenido treinta metros de agua sobre sus cabezas. Algo sin embargo no estaba bien. A pesar de mi aturdimiento por los sucesos extraordinarios de las últimas horas y mi preocupación por la suerte de Carlos, una angustia creciente me oprimía el pecho. Las gaviotas graznando y girando enloquecidas sobre nuestras cabezas eran claramente un mal augurio.
Los militares pronto comenzaron a sacar a la gente del lecho del lago. Algunos vecinos obedecían y otros continuaban con su exploración. Caminé hasta el borde del muelle. Divisé a Palmira y le pedí que retornara a la playa. Estaba cerca de los pilotes con otra niña tocando las hojas de las escasas plantas que crecían en el fondo. De pronto las gaviotas giraron en dirección Este y pasaron veloces sobre nuestras cabezas, ya sin graznidos. Un viento helado que olía a hojas podridas arrancó sombreros y boinas. Luego el rugido. Un rugido ominoso, grave. “¡Ahí vuelve carajo!” gritó el sargento y luego más gritos, míos y de los que se metían de nuevo a buscar a los suyos.
Era como una pared de agua imponente coronada por una bruma. Llegó por la derecha, golpeó la montaña a nuestra izquierda y desvió hacia nosotros, llenando con rabia la bahía. Giré y corrí por el muelle gritando por Palmira, por mí, por Carlos. Cuando alcancé la calle un mazazo helado me golpeó todo el cuerpo, la boca y la nariz se me llenaron de agua y el mundo que yo tenía se apagó para siempre.
Desperté la mañana siguiente en una barraca del regimiento acondicionada como hospital de campaña. Uno de los pocos cuerpos que pudieron recuperar fue el de mi hija. Cuando se retiró el agua lo encontraron en el jardín de una casa que creo aún sigue en pie en Obeid y Rodhe. No pude verla. Tampoco a Carlos, nunca apareció. Valdivia me dio todo lo que una mujer puede soñar y el terremoto me lo quitó, como si una fuerza despechada me hubiera perseguido hasta aquí por ser valdiviana.
Murieron treinta y seis personas. Veinte cuerpos se los quedó el lago. Y así pasó también en un montón de poblaciones y asentamientos junto a los lagos ubicados más al sur. No había ni teléfonos por aquí. ¿Quién iba a enterarse de algo? Con el tiempo nos fuimos informando y comprendiendo lo que había pasado. ¿Te contaron del bosque hundido de Traful? Fue esa misma tarde. Se cayó un pedazo de ladera al lago con árboles y todo. La ola mató a muchos pobladores allí también.
Nos despedimos con un beso y un breve pero intenso abrazo. Fui hasta el muelle. Recordé cada palabra recorriendo con la mirada los lugares que ella miró. Subí por Obeid y me detuve en la esquina con Rodhe. No fue difícil ubicar la casa.
Dos niñas jugaban en el jardín, acariciando las hojas de las plantas.
Conociendo al autor

Martín Comesaña vive en San Martín de los Andes desde el año 2001 y ejerce como ingeniero eléctrico. Además, dedica parte de su tiempo libre a la música y a la escritura, siendo el cuento su género literario favorito.
Algunos de sus relatos han sido publicados en el libro anual del Centro Editor Municipal. Valdiviana, escrito en 2021, es un cuento que aún permanece inédito.




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