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title: "Tramas que cuidan: Aprender a decir que no"
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description: "Reflexiones del IFD3 para una comunidad que elige acompañar"
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date_published: "2026-09-18T08:18:00-03:00"
date_modified: "2026-09-18T08:40:26-03:00"
author_name: "Mario Jakszyn"
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# Tramas que cuidan: Aprender a decir que no

Hay chicas y chicos a quienes les cuesta decir que no.

No quieren ir a una reunión, pero van porque todos sus amigos van. No quieren un abrazo, compartir una foto o contar algo íntimo, porque sienten que decirlo puede generar un problema. Aceptan una propuesta que no los convence porque temen decepcionar a alguien.

A veces creemos que aprender a convivir significa aprender a ceder, a ser amables, a no generar conflictos. Y algo de eso hay: vivir con otros requiere escuchar, negociar y considerar los deseos ajenos. Pero también requiere aprender algo igualmente importante: decir que no.

Un no puede ser una palabra pequeña y, sin embargo, contener una enorme afirmación: esto no quiero, esto no me hace bien, esto no estoy dispuesto a aceptar.

Por eso enseñar a decir que no, no significa enseñar a rechazar a los demás. Significa ayudar a construir una relación más consciente con uno mismo y con los otros.

El consentimiento no empieza ni termina en la sexualidad. Hay consentimiento cuando existe la posibilidad real de elegir lo que sea: prestar algo, ir a una fiesta, recibir un abrazo... Y para que exista elección tiene que existir también la posibilidad de decir que no sin recibir burlas, presiones o amenazas.

La antropóloga argentina Rita Segato, siguiendo la línea del filósofo Francés Michel Foucault, ha señalado que nuestras relaciones están atravesadas por vínculos de poder y que, por eso, no todo “sí” expresa necesariamente una decisión plenamente libre. Su mirada permite pensar la importancia de construir relaciones en las que la voluntad del otro pueda expresarse sin presiones.

Durante la adolescencia, además, el deseo de pertenecer puede pesar muchísimo. Queremos ser aceptados, queremos formar parte, queremos que nos quieran. Y cuando el reconocimiento del grupo parece depender de hacer lo que los demás esperan, decir que no puede sentirse como quedar afuera.

Por eso aprender a poner límites también es aprender a valorarse.

La educadora argentina Graciela Morgade, desde su trabajo sobre Educación Sexual Integral, ha planteado la importancia de educar para el ejercicio de derechos, la autonomía y la construcción de vínculos más igualitarios. Desde esta perspectiva, enseñar sobre consentimiento no consiste solamente en brindar información: también implica ayudar a que las adolescencias reconozcan su propia voz y puedan hacerla valer.

Y allí aparece una pregunta importante para quienes acompañamos: ¿qué hacemos los adultos cuando nos dicen que no?

Porque también enseñamos a poner límites con nuestra manera de responder a los límites de los demás.

Si ante cada negativa aparece un “porque yo lo digo”, si interpretamos todo desacuerdo como falta de respeto o nos enojamos cuando una adolescente expresa que algo le molesta, transmitimos un mensaje contradictorio: que está bien que otros tengan límites, pero no que los tenga ella.

Acompañar la autonomía no significa dejar de poner límites. Significa distinguir entre los límites que los adultos debemos establecer para cuidar y aquellos espacios en los que podemos permitir que una persona adolescente decida por sí misma, incluso en desacuerdo con nosotros.

La autonomía se aprende y se construye progresivamente. También se construye cuando una persona puede decir “no quiero” y encuentra enfrente a un adulto que, en lugar de descalificarla, puede preguntar: “¿Por qué no querés?” Y, algunas veces, aceptar esa respuesta.

Porque cuidar no es decidir siempre por el otro. También es ayudarlo a adquirir las herramientas necesarias para decidir.

Y aprender a decir que no puede ser, también, una forma de cuidar a los demás. Un límite claro evita vínculos sostenidos por obligación y permite relaciones más honestas.

Quizás una de las mejores cosas que podemos enseñarles a las adolescencias sea esta: que no tienen que traicionarse a sí mismos para ser queridos.

Que pueden cambiar de opinión. Que pueden pedir tiempo. Que pueden decir “esto no me gusta”, “hoy no”, “no quiero”.

Y que aprender a escuchar un no también forma parte de aprender a querer.

Esta reflexión se inscribe en la serie “Lo que las adolescencias necesitan de las personas adultas” - @ifd3_sma - Instituto de Formación Docente de SMAndes

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