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title: "Tramas que cuidan 18: Cuidar no significa invadir"
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description: "Reflexiones del IFD3 para una comunidad que elige acompañar"
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date_published: "2026-08-21T12:32:00-03:00"
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# Tramas que cuidan 18: Cuidar no significa invadir

Hay una frontera difícil de reconocer cuando se trata de acompañar a las adolescencias: la que separa el cuidado de la vigilancia.

Queremos saber qué les pasa, con quién hablan, qué lugares frecuentan, qué les dicen en las redes. Y cuando la conversación no fluye como quisiéramos, aparece una tentación conocida: mirar, revisar, controlar. Leer ese mensaje que llegó mientras el celular estaba sobre la mesa, entrar en una conversación privada, mirar sus redes o publicar una foto que ellos preferirían no compartir.

Muchas veces lo hacemos desde un lugar genuino: queremos protegerlos; pero proteger y controlar no son sinónimos. Tampoco cuidar significa saberlo todo.

Las adolescencias necesitan acompañamiento, pero también comienzan a construir un territorio propio: un espacio de intimidad donde puedan conversar, equivocarse, cambiar de opinión, construir vínculos y descubrir quiénes son sin sentir que cada movimiento está siendo observado.

La antropóloga argentina Paula Sibilia utiliza el concepto de extimidad para describir cómo las tecnologías digitales transformaron nuestra relación con lo íntimo: aquello que antes pertenecía al ámbito privado comienza a mostrarse públicamente, especialmente en las redes sociales. Pero que las redes hayan vuelto más difusa la frontera entre lo público y lo privado no significa que la intimidad haya dejado de ser necesaria. Al contrario: necesitan espacios propios, pensamientos que todavía están elaborando, amistades y conversaciones que no necesariamente quieren compartir con nosotros.

Eso no significa dejarlos solos. Significa reconocer que están creciendo. Como plantea el psicoanalista argentino Luciano Lutereau, las personas adultas tenemos una función importante durante el proceso de la adolescencia, pero acompañar no equivale a sustituir ni a impedir que puedan atravesar sus propias experiencias. Acompañar también es estar disponibles mientras ellos van encontrando sus propias maneras de habitar el mundo.

Y ahí aparece uno de los desafíos más complejos para quienes acompañamos: ¿Cómo protegemos sin invadir?

Tal vez la respuesta no sea revisar cada conversación, sino construir las condiciones para que puedan contarnos cuando algo les preocupa.

A veces, cuando sentimos que nuestros hijos nos cuentan poco, aumentamos el control. Pero el control puede producir justamente aquello que más tememos: que dejen de contarnos.

La confianza se construye cuando un adolescente sabe que puede decir “me pasó esto” sin que inmediatamente aparezca un interrogatorio; cuando puede contar que alguien le escribió algo extraño sin miedo a que le saquemos el celular; cuando sabe que, si se equivoca, primero vamos a ayudarlo a pensar.

La intimidad también forma parte del crecimiento. No es una amenaza para el vínculo. Es una señal de que ese niño o esa niña que alguna vez necesitó que estuviéramos pendientes de cada movimiento está empezando a convertirse en una persona capaz de construir una vida propia.

Nuestra tarea no es entrar en todos sus espacios, sino asegurarnos de que la puerta hacia nosotros permanezca siempre abierta, porque cuidar no es saberlo todo.

Cuidar es que, cuando algo importante ocurra, sientan la certeza de que pueden venir a nosotros.

Esta reflexión se inscribe en la serie “De personas adultas a las adolescencias” — Instituto de Formación Docente N°3 — [@ifd3_sma](https://@ifd3_sma)

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